La comida, una oportunidad para la familia

1 10 2011

Compartimos un artículo de Teresa Baró sobre una costumbre que vale la pena cultivar en nuestros hogares. 
 

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Los hábitos en la alimentación familiar han cambiado muy rápidamente en las últimas décadas. Desde el desayuno, el almuerzo o la cena, pasando por la tradicional merienda, estos momentos tenían lugar alrededor de la mesa y congregaban a toda la familia. Con la incorporación masiva de la mujer a la vida laboral, comer en casa y juntos es cada vez más difícil. No hay tiempo para cocinar ni para desplazamientos al mediodía. A estas dificultades se añade el obstáculo definitivo: los horarios escolares no coinciden en absoluto con los horarios laborales.

Seguramente estas son algunas de las razones por las que cada vez comemos peor. Nos alimentamos mal y comemos de cualquier forma. Desayunamos de pie en la cocina o nos tomamos un café con leche y una pieza de bollería en un bar. Almorzamos un bocadillo o comemos de menú. No merendamos. Y cenamos delante del televisor una pizza u otro bocadillo. Para comer así no hace falta poner la mesa. Y cuando tenemos tiempo, nos da pereza poner y quitar la mesa cada vez, lavar manteles y servilletas, incluso colocar los cubiertos y platos mínimos en el lavavajillas.

Pero, ¿qué hemos perdido en este cambio de vida? En mi opinión, hemos abandonado uno de los hábitos más beneficiosos para nuestra salud física y mental. Además de perder una excelente oportunidad para fomentar las relaciones familiares y sociales en general. Para los que valoran estos momentos y creen que comer no es sólo una cuestión de saciar el hambre, aquí van algunos consejos. Te ayudarán a que el momento de comer sea lo más agradable posible, sin cargarnos de mucho trabajo extra.

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Mantelería

Aunque es mucho más práctico pasar un trapo mojado que lavar el mantel, la calidez del tejido no puede sustituirse por las incomodidades del plástico. Sobre todo si recibimos a algún familiar o amigo, lo mejor es poner un mantel sencillo y la correspondiente servilleta de tela. Es de mal gusto dar una servilleta de papel al invitado y que los demás tengan su servilleta de tela. Otra solución es utilizar un mantelito individual para cada comensal y una servilleta.

Cubertería

Sólo los cubiertos necesarios pero bien colocados. El tenedor a la izquierda y el cuchillo (con el filo hacia el interior) y la cuchara a la derecha. Como la sopa suele ser el primer plato, la cuchara se pondrá en el lado exterior. Si comemos pescado, colocaremos la pala a la derecha y el tenedor de pescado a la izquierda. Es posible que en alguna comida sólo tengamos un plato: en este caso es suficiente con un cuchillo y un tenedor, a la derecha y a la izquierda del plato respectivamente.

Cristalería

Si sólo bebemos agua, es suficiente con un vaso o copa grande. Si ofrecemos agua y vino, pondremos las dos copas correspondientes para cada persona: la de agua, a la izquierda.

 El agua se debería servir siempre en una jarra de vidrio o cristal, pero se admite aquí presentarla directamente en la botella de la marca.

Vajilla

Aunque sea un día corriente y no tengamos ningún invitado, es mucho más agradable una mesa puesta de forma armónica. Todos los platos tendrían que ser de la misma vajilla y estar en buenas condiciones. Cambiaremos los platos cada vez que sirvamos nuevos alimentos, especialmente si hemos tomado sopa o algo con salsa abundante.
Los postres deben tener el plato limpio correspondiente tanto si se trata de helado, pastelería o frutas. Podemos pelar la fruta sólo con el cuchillo, pero si nos acostumbramos a realizar esta operación correctamente (con cuchillo y tenedor), nunca será un esfuerzo y no nos incomodará tener que hacerlo en ocasiones más formales.

 Por Teresa Baró, directora Icompani.com en http://cocina.facilisimo.com





Amar el uniforme

4 06 2011

El 26 de junio la Iglesia celebra la festividad de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Dora trabajó durante treinta años muy cerca del Padre, en la administración de la sede central de la Obra en Roma. Antes de viajar a Roma en 1946, Dora conoció a san Josemaría en Madrid, cuando todavía no era del Opus Dei. Este artículo recoge aquellos primeros encuentros y la impresión que causó a Dora la figura de Josemaría Escrivá:

Dora trabajó desde enero de 1944 hasta septiembre de 1945 en La Moncloa, una residencia de estudiante en Madrid. Ahí conoció a San Josemaría en el año 1944, antes de ser de la Obra, en una de las visitas que solía hacer los sábados a la zona de la administración de la residencia. Inmediatamente le atrajo su estilo directo, alegre y optimista.

En el primer encuentro que tuvieron, san Josemaría mostró interés por cada una; les preguntó sus nombres, qué trabajos hacían, si se sentían bien atendidas, si estaban contentas, etc.

En otras ocasiones, además de preguntarles cómo estaban, las animaba a hacer las tareas del hogar con amor de Dios, cuidando las cosas pequeñas, descendiendo a veces a detalles que ayudaban a conservar bien la casa, ya que era nueva.

Por ejemplo, en una ocasión les enseñó el modo de abrir las contraventanas –enganchando la cadenita que tenían, para evitar que se golpearan y se rompieran–; les explicó que, al hacer la limpieza de las habitaciones, debían dejar las cosas en su sitio.

En cada encuentro les insistía en que debían estar alegres, fruto de saberse hijas de Dios, y en que cualquier preocupación que tuvieran la dijeran a las encargadas de la administración.

Les hablaba de la importancia de su quehacer y de lo necesario que era, tanto como el del médico o el del arquitecto; las llevaba a sentirse orgullosas de ser empleadas del hogar, a realizar su trabajo de modo profesional, y a amar su uniforme como lo ama un militar, un piloto, un marino.

En esas ocasiones, también les aconsejaba tratar a la Virgen y ejercitarse en otras prácticas de piedad, de modo que adquiriesen vida espiritual. Tan a gusto estaban, que cada semana preguntaban a Nisa González Guzmán “si el sábado vendría el sacerdote”.

En este periodo, Salvadora del Hoyo comenzó a leer y a meditar las consideraciones espirituales que el fundador del Opus Dei había publicado en Camino.





Mi trabajo es la familia

9 04 2011

Luciana Allora, auxiliar de hogar, lleva a cabo el mismo trabajo que desempeñó Dora durante toda su vida. Un trabajo que ella misma compara con el de un artista:

“Mi trabajo -me gusta considerarlo de este modo- es la familia, mi ocupación profesional son los trabajos domésticos. Cuando conocí el mensaje de San Josemaría me impresionó profundamente su fuerza y su grandeza; se podía hacer vida y, de hecho, lo vivían las personas a las que conocí. Mi vida dio un giro no sólo interior, espiritual, sino también profesional.

Lo que me llevó a decidirme por esta ocupación, por el trabajo del hogar, no fue el descubrir un especial interés o una cierta inclinación hacia ella, sino la riqueza interior que, siguiendo las enseñanzas de san Josemaría, percibí en las personas que desempeñaban esta labor.

Un quehacer comparable con el de un artesano, un artista. Se sabe que una obra de arte se aprecia, además de por aquello que expresa, por el esfuerzo, el ingenio y el tiempo dedicado a su realización. El tiempo es precioso e invertirlo en una obra aumenta su valor. En el trabajo doméstico hoy, el progreso técnico y la creciente automatización favorece un notable ahorro de tiempo. Sin embargo me parece importante hacerlo en la justa medida, sin que sea lo prioritario: una cocina rápida, a base de latas, puede llevar consigo el riesgo de hacer anónimo el ambiente de hogar

Una cena bien preparada, que busca sorprender, una mesa que invita o un cuarto de estar acogedor pueden ayudar a que el ánimo de quien regresa a casa, después de una jornada de intenso trabajo, recobre serenidad, paz al sentirse objeto de atenciones. El factor tiempo, cuando se dedica a los demás, es expresión de generosidad.

No me refiero sólo a tener iniciativas que exigen un cierto esfuerzo, como puede ser un plato fuera de lo común, sino también a la disponibilidad para las cosas “fuera de programa”, es decir, a la capacidad de comprender e intuir lo que cada persona necesita en determinados momentos.

Algunos trabajos considerados en sí mismos pueden resultar poco atractivos y gratificantes pero, como sucede en todo, el logro de un objetivo da sentido y sabor a todas las fases intermedias de su realización. Un artista, un escultor, un pintor, mientras realiza su obra de arte, pasa por momentos en los que se ensucia con un poco de yeso o de pintura y podrá experimentar cansancio, pero el pensamiento de su obra no sólo le lleva a no desistir, sino que hace amable aquello que a los ojos de un extraño parece molesto. Y cuando la obra de arte no es un objeto, sino la misma felicidad de las personas, ¿quién se atreverá a decir que no vale la pena?





La mujer en la sociedad

26 02 2011
 
¿Qué pensaba San Josemaría sobre el papel de la mujer en la sociedad? Recogemos algunos extractos de una entrevista concedida por san Josemaría a la revista española Telva, publicada después en el libro Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer:
  
La atención prestada a su familia será siempre para la mujer su mayor dignidad: en el cuidado de su marido y de sus hijos o, para hablar en términos más generales, en su trabajo por crear en torno suyo un ambiente acogedor y formativo, la mujer cumple lo más insustituible de su misión y, en consecuencia, puede alcanzar ahí su perfección personal.Como acabo de decir, eso no se opone a la participación en otros aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las peculiaridades de su condición femenina; y lo hará así en la medida en que esté humana y profesionalmente preparada. Es claro que, tanto la familia como la sociedad, necesitan esa aportación especial, que no es de ningún modo secundaria.

San Josemaría

La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… La feminidad no es auténtica si no advierte la hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia vida.

Si se forma bien, con autonomía personal, con autenticidad, realizará eficazmente su labor, la misión a la que se siente llamada, cualquiera que sea: su vida y su trabajo serán realmente constructivos y fecundos, llenos de sentido, lo mismo si pasa el día dedicada a su marido y a sus hijos que si, habiendo renunciado al matrimonio por alguna razón noble, se ha entregado de lleno a otras tareas.

Cada una en su propio camino, siendo fiel a la vocación humana y divina, puede realizar y realiza de hecho la plenitud de la personalidad femenina. No olvidemos que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, es no sólo modelo, sino también prueba del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve.

(…) ¿qué es la proyección social sino darse a los demás, con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente al bien de todos? La labor de la mujer en su casa no sólo es en sí misma una función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor proyección.





Una verdadera profesión

22 01 2011

San Josemaría dedicó grandes esfuerzos a dignificar el oficio de las empleadas del hogar —el mismo que santificó Dora con su vida— de modo que pudieran realizar su trabajo “con sentido científico”. Como él mismo decía, “es preciso que el trabajo en el hogar se desarrolle como lo que es: como una verdadera profesión”.

Recogemos algunos extractos de una entrevista concedida por san Josemaría a la revista española Telva, publicada después en el libro Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. San Josemaría habla con valentía del valor del servicio y la importancia del hogar:

“No hay que olvidar que se ha querido presentar ese trabajo como algo humillante. No es cierto: humillantes eran, sin duda, las condiciones en que muchas veces se desarrollaba esa tarea. Y humillantes siguen siendo algunas veces ahora. (…) Hay que exigir el respeto de un adecuado contrato de trabajo, con seguridades claras y precisas; hay que establecer netamente los derechos y los deberes de cada parte.

Es necesario —además de esas garantías jurídicas— que la persona que preste ese servicio esté capacitada, profesionalmente preparada. He dicho servicio —aunque la palabra hoy no gusta— porque toda tarea social bien hecha es eso, un estupendo servicio: tanto la tarea de la empleada del hogar como la del profesor o la del juez. Sólo no es servicio el trabajo de quien lo condiciona todo a su propio bienestar.

¡Es una cosa de primera importancia el trabajo en el hogar! Por lo demás, todos los trabajos pueden tener la misma calidad sobrenatural: no hay tareas grandes o pequeñas; todas son grandes, si se hacen por amor. Las que se tienen como tareas grandes se empequeñecen, cuando se pierde el sentido cristiano de la vida. En cambio, hay cosas, aparentemente pequeñas, que pueden ser muy grandes por las consecuencias reales que tienen.

Para mí igualmente importante es el trabajo de una hija mía asociada del Opus Dei que es empleada del hogar, que el trabajo de una hija mía que tiene un título nobiliario. En los dos casos, sólo me interesa que el trabajo que realicen sea medio y ocasión de santificación personal y ajena: y será más importante la labor de la persona que, en su propia ocupación y en su propio estado, vaya haciéndose más santa y cumpla con más amor la misión recibida de Dios.

Ante Dios, igual categoría tiene la que es catedrático de una universidad, como la que trabaja como dependiente de un comercio o como secretaria o como obrera o como campesina: todas las almas son iguales. Sólo que a veces son más hermosas las almas de las personas más sencillas, y siempre son más agradables al Señor las que tratan con más intimidad a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo.”

El fundador del Opus Dei entendía “el trabajo en el hogar como un oficio de trascendencia muy particular, porque se puede hacer con él mucho bien o mucho mal en la entraña misma de las familias.”





El trabajo de Dora

21 05 2010

San Josemaría se encargó personalmente de la instalación y organización de la atención doméstica de los primeros centros del Opus Dei, hasta que hubo mujeres preparadas para llevarlo a cabo. El Fundador les confió estas tareas, formándolas de una manera muy directa con ayuda de su hermana Carmen. Así nació lo que familiarmente se conoce en la Obra como el trabajo de la Administración.

Se recoge una selección de textos del libro “El Fundador del Opus Dei” de Andrés Vázquez de Prada, ed.  2003

Instalación de algunos centros

En 1941, don Josemaría se ocupó de terminar la instalación del piso de la calle de Villanueva, 15, que se había alquilado en el mes de septiembre y adonde fueron a vivir Álvaro e Isidoro Zorzano; y luego de mucho buscar dieron con otro pequeño piso, en el que vivían un grupo de personas que cursaba estudios de doctorado o ya ejercían su profesión. Dicho centro se instaló en una casa de la calle Núñez de Balboa, 116. Ese genérico concepto de “instalación” incluía el servicio doméstico, es decir, la tarea de atender la administración de cada centro. Ocupación que el Fundador había definido esencialmente como apostolado de los apostolados, por su gran repercusión y eficacia en las actividades apostólicas de la Obra.

Inicio de la atención doméstica de los centros: las administraciones

Sobradamente conocía el Fundador los principios por los que se regía ese apostolado de los apostolados: lo primero, el servicio que se hacía a toda la Obra; detrás vendrían los demás apostolados variadísimos de sus hijas.

Se esforzaba el Padre en aclararles que estaban comenzando. Les pedía fe y audacia: con sólo media docena de mujeres que sé que me seréis fieles, llenaremos el mundo de luces de Dios, de fuego divino. Tened fe en Dios, y un poco de fe en este pobre pecador, les suplicaba. Era el inicio de la labor y, precisamente por eso, las primeras debían estar dispuestas a todo. Más adelante, con el desarrollo de los apostolados, sólo se ocuparía profesionalmente de las labores domésticas un pequeño porcentaje. Habrá —les decía el Padre— hijas mías Catedráticos, Arquitectos, Periodistas, Médicos… Pero, por de pronto, todas tendrían que encargarse también de la administración de los centros de la Obra en Madrid.

A lo largo de los cursos académicos 1941-1942 y 1942-1943, don Josemaría, con la ayuda de su hermana Carmen, libró la batalla de la formación de las nuevas administradoras de los centros y residencias de la Obra en Madrid, en todo lo referente a las tareas domésticas. Lo peor de todo eran las prisas; y el mayor obstáculo la falta de tiempo. Tuvieron, por tanto, que aprender sobre la marcha.

Carmen, la hermana del Fundador, se encargó de formar a las primeras administradoras

Tía Carmen se impuso esta obligación con Lola, Nisa, Encarnita y alguna otra. Carmen, (…) sin meterse en terrenos que no le incumbían, enseñaba y arrastraba con el ejemplo. Y el Padre, con la autoridad que le correspondía, las animaba y exhortaba  para irlas formando, con mucha paciencia, sin dejar de corregirlas. Tenía don Josemaría excelentes condiciones pedagógicas, aunando, a la vista del caso concreto, la teoría con la práctica. De modo que cada lección era una enseñanza inolvidable. Las lecciones versaban sobre los menesteres y las operaciones más variadas y vulgares. El Padre les enseñaba a ejecutar con la mayor perfección posible, y por amor a Dios, cualquier trabajo, por insignificante que pudiera parecer. Quería que  aprendieran a ser fieles en lo pequeño, en las tareas corrientes de cada día, porque ése es el camino para santificar toda nuestra existencia, les decía. (…)

Solía acompañar las lecciones prácticas de alguna palabra amable, de una sonrisa y, por dentro, con oración. Es muy de sospechar que estos ingredientes pedagógicos procedían de la educación y buenos modales aprendidos en el hogar de Barbastro.

Encarnita, sin pretender ser exhaustiva, ni mucho menos, hace una lista con un montón de observaciones y variedad de quehaceres:

“Aprendimos el tono humano que debían tener nuestras casas; limpias, puestas con buen gusto y con detalle; evitando la tacañería, pero sin lujos y cuidando las cosas para que duren. Nos dejó muy claro que para el oratorio todo debía, siempre, parecernos poco. Aprendimos que los cuadros debían estar bien colocados; que los muebles no debían rozar las paredes; a cerrar bien las puertas; a poner armonía y gracia, tanto en la colocación de unas flores, como en un adorno que estuviera sobre una mesa o en una vitrina. Nos explicaba cómo, al entrar en una habitación teníamos que ser observadoras y darnos cuenta enseguida de lo que estuviera torcido, estropeado o roto(…) También nos insistía en que no debía haber más luces encendidas que las necesarias en cada momento (…).”

En aquella labor educativa resultaba sorprendente la fecundidad de don Josemaría al formular los principios teórico-prácticos, por los que debían regirse.

El tono humano en reglas de “oro”

Eran otras tantas reglas de oro donde se compendiaba algún aspecto concreto del espíritu de la Obra, aplicado a la administración de los centros. Consistían estas reglas en frases fáciles de recordar, o lo suficientemente pintorescas como para que no se cayesen de la memoria. Si escaseaba la comida y sus hijas e hijos se plegaban a las restricciones, el Padre exigía mayor confianza. Dios velaría por sus hijos: si nosotros no le faltamos —les decía—, Él no nos faltará. Pero sin la presunción de que les iban a llover las cosas del cielo, como el maná del desierto: hay que poner todos los medios humanos, como si no hubiera sobrenaturales, y después una fe tan grande como si las cosas dependieran sólo de Dios.

Ir por delante

A las mujeres que tenían que dirigir a las empleadas del hogar en sus tareas domésticas, les aconsejaba, si es que querían que todo marchase bien, que fuesen ellas por delante en los servicios desagradables. En cuanto al modo de vivir la pobreza, les mostraba dónde y cómo ahorrar: manejar con cuidado los objetos frágiles, reparar cuanto antes los desperfectos, alargar la vida de los instrumentos de servicio. En una palabra, comportarse con dignidad, sin pobretería, pero con sacrificio, haciéndose a la idea de que eran madres de familia numerosa y pobre, conscientes de que la riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres (…). En fin, tenían que revestir el cumplimiento de sus faenas con una nota de discreta elegancia, porque la buena Administración ni se ve ni se oye.

Ni qué decir tiene que no parecía sencillo ponerlo en práctica. Sin embargo, pronto aprendieron de la mano del Padre en gran medida, pero también gracias a los muchos percances, errores y equivocaciones cometidos. A tales contratiempos, algunas de ellas los denominaban “desastres”; y el Padre, tomándolos por el lado positivo, los calificaba de “experiencias”. Pequeños desastres se produjeron, como sucede en todo lugar y, para que no se repitiesen en el futuro, se hacían fichas de experiencias, para ir ganando terreno y no caer dos veces en el mismo hoyo. Grandes desastres tampoco faltaron, sucediendo que el mayor de ellos dio lugar a la mejor de las experiencias.