Publicamos el último capítulo de Una luz encendida, el primer libro sobre Dora escrito por Javier Medina.
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Cuando llegó el mes de diciembre, la salud de Dora seguía empeorando. Las de Albarosa eran conscientes de que se acercaba el momento final de su vida sobre esta tierra –su estado era de agotamiento completo–, y quisieron poner los medios para que sus últimas Navidades fueran muy felices.
En la víspera de Nochebuena la llevaron –con la silla de ruedas– al local donde se estaban preparando los adornos, antes de que se distribuyeran por la casa. No podía hablar, pero con la mirada lo decía todo. También la acercaron al office y allí le mostraron una tarta que le gustó y, en broma, hizo ademán de querer probarla. Las cocineras le enseñaron el pavo que estaban asando para la cena del 24.
Estaba muy contenta viendo a todas con tanto cariño y tanta ilusión por su trabajo. Por último, entró en el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles y recorrió con la mirada el sagrario, el altar, el retablo…; parecía dibujarse en su cara la admiración por la maravilla que San Josemaría había realizado en aquellas casas (1). “Pienso que muchas nos emocionamos, se nos salieron las lágrimas”(2), ha dejado escrito una de las que le acompañaron en aquella ocasión.
El 27 de diciembre, que era el último sábado del 2003, asistió desde la silla de ruedas a la bendición con el Santísimo y al canto de la Salve Regina. El 28, que se celebraba la fiesta de la Sagrada Familia, pudo presenciar la bendición y Consagración de las familias de los fieles de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret.
Terminó el año muy débil: la respiración era muy fatigada y prácticamente no podía hablar ni abrir los ojos. Estaba siempre acompañada, aunque ya casi no daba muestras de reconocer a nadie. Uno de esos días, fue Rosalía López a verla. El momento era particularmente emotivo para las dos. Cuenta Rosalía que “me impresionó mucho encontrarla así, pero me sobrepuse. Mencioné que le faltaban pocos días para cumplir los noventa años. En mi interior pensé cuántas veces nos había dicho que ella no quería celebrar sus noventa años. Y, ante su silencio, comencé a recordarle momentos entrañables con nuestro Padre y don Álvaro, cuánto habíamos rezado por que vinieran muchas vocaciones a la Obra y por la fidelidad de todos… Y le decía que aunque ya estábamos mayores y habíamos vivido años de mucha pobreza y sufrimiento, habíamos tenido tanta suerte de ser del Opus Dei y numerarias auxiliares que… Dora, que nos quiten lo bailado. En ese momento abrió los ojos, me miró con gesto de confirmación alegre, y volvió a cerrarlos. Fue nuestra despedida”(3).

Dora del Hoyo, Encarnita Ortega y Rosalía Lopez
El 4 de enero, Mons. Echevarría acudió una vez más. Por la tarde, comentó en un centro de la Obra: “–Se nota que estamos empezando el final. Ahora es más útil que antes. Ya no responde siquiera abriendo los ojos. Da alegría comprobar que la atienden con mucho cariño. Vamos a procurar acompañarla desde donde estemos, y cuando el Señor la llame a su presencia, le daremos las gracias por todo lo que ha hecho por la Obra: también en este momento la está sacando adelante estupendamente bien”(4). Además, indicó que se le administrara de nuevo la Unción de los enfermos.
Las de su casa, encontraban modos continuos de manifestar el cariño y la veneración que la tenían. Eva Berna recuerda que el día 6 estuvo con “Dora y Lolita un rato a la hora de la comida; Lolita tenía mucho interés en que le arregláramos las uñas, así que después de comer se las estuvimos limando, porque las tenía un poco largas; fue la última vez que se las arreglamos; ella siempre tuvo las manos muy bien cuidadas.
“El día 9 de enero, por la mañana fui a felicitarla porque era el día del cumpleaños de San Josemaría y –como otras mañanas–, le di un beso en la frente. Ya estaba muy mal, con oxígeno, que se lo ponían a ratos para facilitarle la respiración. Tuvimos tertulia con Mons. Echevarría y Lolita se quedó con ella. Nada más volver, subí a transmitirle la tertulia. En ese momento estaba sin oxígeno. Le conté lo que el Padre nos había contado: que esa mañana había estado con el Santo Padre y que se había interesado mucho por la Obra, que le había contado muchas cosas buenas para darle alegrías y que nos mandaba su bendición para cada una de sus hijas y de sus hijos y nos pedía que rezásemos por él. También le comenté que había visto a Rosalía y que me había preguntado por ella y me había dicho que quería venir a felicitarle el día 11 (…) .
“Después, Lolita quería darle la merienda y le ayudé a incorporarla. Le empezó a dar la leche con cacao que le gustaba mucho, pero tuvimos dificultad en dársela, porque le costaba bastante tragar”(5).

Dora del Hoyo y Lolita Bañá
Esa noche, que se preveía que podía ser la última aquí en la tierra, todas las que vivían con ella en Albarosa pasaron, una por una, a despedirse de Dora, convencidas de su santidad y de que en pocas horas estaría gozando de la visión de Dios. Irradiaba tal paz que durante esa noche le cantaron canciones de “amor humano a lo divino”, como gustaba explicar a San Josemaría. Después, recitaron partes del Rosario, oraciones al Ángel de la guarda, a San José, a San Josemaría; acudieron a la intercesión de don Álvaro; también rezaron la Salve Regina y plegarias al Sagrado Corazón.
Se iba apagando como una lamparilla del Sagrario, y falleció unos minutos después de las cuatro de la madrugada. Era sábado, día dedicado a la Virgen, víspera de su 90º cumpleaños: el Señor le concedió el deseo de no celebrarlo en la tierra.
Mons. Echevarría llegó a las seis y media de la mañana. Se dirigió enseguida al oratorio de Santa María Reina, donde estaban velando el cadáver, y se arrodilló junto a Dora. Al pie de cada candelero, había floreros con rosas color té y rosado, violaciocca blanca y alstroemeria naranja claro, muy elegantes, como le gustaban a ella. Celebró la Santa Misa, a la que asistieron todas las de Albarosa.
Se decidió que esa tarde se trasladaría el cuerpo a la iglesia de Santa María de la Paz, para que lo pudieran velar todas las personas que lo deseasen, y que allí también se celebraría la Misa de exequias, el día siguiente, a las cuatro de la tarde. Mons. Echevarría decidió que Dora fuese enterrada en la Cripta de la iglesia prelaticia del Opus Dei, muy cerca de San Josemaría y de don Álvaro.
Cuando se dispuso el ataúd en la nave de Santa María de la Paz, Mons. Echevarría colocó una orquídea amarilla junto a las manos de Dora. Luego, se dirigió a la sacristía a revestirse los ornamentos litúrgicos para oficiar un Responso solemne. Las naves y el coro de la iglesia prelaticia del Opus Dei estaban repletos. Aunque la emoción era intensa, el canto gregoriano se elevó con voz firme. Al terminar, se colocaron cuatro candeleros y unos floreros de plata con rosas. A continuación, se celebraron Misas ininterrumpidamente, durante varias horas. Muchas personas pasaron para besar a Dora: era un modo de darle las gracias.
El domingo 11 de enero fue un día espléndido de sol, y lleno de acciones de gracias por la vida fecunda, sencilla, heroica de Dora. La Misa de exequias comenzó a las cuatro de la tarde. Para que todas las de Albarosa pudieran asistir, las de otro centro de Roma se ofrecieron para cuidar la casa esa tarde. El Prelado del Opus Dei pronunció la homilía:
“Queridísimas hijas: ayer fue un día de pena por la separación física, pero, al mismo tiempo, de una inmensa alegría, lo mismo que hoy. Se ha cumplido lo que hemos leído en la primera lectura: Dora ha escrito su nombre en el libro de la vida eterna. Se ha salido con la suya: no quería celebrar los noventa años… En el Cielo los está festejando con nuestra compañía (…).
“Cincuenta y siete años de fidelidad. Cincuenta y siete años de mucha eficacia. Primero la búsqueda de Dios, y luego la respuesta generosa de parte de Dora. Todos conocemos el cambio que se operó en su vida. Llegó a ponerse en contacto con la Obra por lo que la gente podría considerar una casualidad: su trabajo profesional. Y en su cabeza estaba este pensamiento: me quedo aquí por un poco de tiempo, para ayudar. Y se ha quedado tanto tiempo, gracias a Dios. Gracias a ese juego del Señor, que tomó la palabra de su voluntad de ayudar, para convertirla en una hija suya fidelísima del Opus Dei (…).
“¡Qué bien lo ha hecho! Por su manera alegre, disponible, total, han salido adelante todos los apostolados, que eran un sueño en el año en que se acercó al Opus Dei, 1946. (…) Ha abierto camino, siendo la primogénita de las numerarias auxiliares. Pero estoy seguro de que ahora mismo, en el Cielo, con la misma naturalidad con que actuaba aquí en la tierra, nos está diciendo: – No creas que yo he sido nada especial, tú tienes el mismo trabajo que yo; tú eres esa pieza estupenda del mosaico, que tiene que estar constantemente dando luz, mostrando la grandeza de Dios a través del camino del Opus Dei”.
Al terminar el Santo Sacrificio, Mons. Echevarría entonó un Responso. Recogieron el ataúd seis sacerdotes y lo llevaron en procesión hacia la Cripta. El entierro fue muy sencillo: se colocó el féretro directamente en el nicho, que ocupa el espacio central del grupo de sepulcros de la pared de la izquierda, cerca de la entrada; y se colocó la lápida, que llevaba el nombre “Dora” inscrito en el centro, con letras doradas, junto con las fechas de su nacimiento y de su muerte.
El lunes 12 de enero, a las diez de la mañana, fue el funeral en la basílica de San Eugenio. La iglesia estaba llena de gente. Todas esas personas, y otras muchas en el mundo entero, estaban convencidas de que la historia de Dora no había terminado: solamente se había cerrado el capítulo terreno. Comenzaba su “nuevo trabajo”, desde el Cielo.
En efecto, muy pronto comenzaron a llegar a la sede central del Opus Dei atestados de su fama de santidad y de favores obtenidos a través de su intercesión, como los recogidos en el Prólogo de este libro. Entre tantos testimonios, podemos cerrar estas páginas, con unos párrafos de la “carta que escribió a Dora” al saber su muerte, una persona que vivió con ella 32 años:
“Cuando recibimos la noticia de tu marcha al cielo me quedé sin saber qué decir, me costó, me había hecho la ilusión de verte en abril que, si Dios quiere, iré a Roma. (…) Pero Dios tenía otros planes. Ahora te siento más cerca, te hablo sin necesidad de cartas y tú me oyes. También te había escrito para tu cumpleaños, no sé si la llegaste a leer, pero ya la has leído. ¡Qué bien lo habrás celebrado en el cielo!
“Ahora que no me puedes decir nada, quiero darte las gracias. Ya sé que a ti no te gustaba, veo la cara que ponías si alguna vez lo hacíamos.
“Sí, Dora, gracias por tu fidelidad a Dios y a la Obra, gracias por tu entrega generosa, por tu saber estar siempre en tu sitio, por tu disponibilidad sin condiciones, por tu cariño fuerte y suave a la vez, por lo que me has enseñado, por tu piedad, por lo bien que has llevado tu enfermedad dándote siempre a las demás. Gracias también porque por tu correspondencia a la gracia de Dios y a tu vocación has hecho posible que mujeres de los cinco continentes, de diversas culturas y profesiones, hayan pedido la admisión en el Opus Dei”(6).
1 Cfr. recuerdos de Lolita Baña Priegue
2 Recuerdos de Olga Chacah Sanic, Roma, 9-XI-2008 (AGP, DHA, T-1029).
3 Recuerdos de Rosalía López Martínez, cit.
4 Mons. Javier Echevarría, palabras pronunciadas en una reunión familiar,
4-I-2004.
5 Recuerdos de Eva Berna Lajusticia, cit.
6 Recuerdos de María Concepción del Moral, cit.