En Mayo

2 05 2012

Publicamos algunos testimonios sobre la devoción mariana de Dora

El cariño de Dora a Santa María fue siempre muy viva. En el año 2003, cuando el Papa “añadió los nuevos misterios del Santo Rosario -los Luminosos-, pidió que se los escribieran porque quería aprendérselos de memoria” (1). (Dora tenía 89 años)

“Le gustaba ir al Santuario de la Mentorella, la Madonna delle Grazie. Le daba especial devoción porque allí habían ido a rezar el santo Padre Juan Pablo II y don Álvaro; desde que lo supo, iba siempre que podía” (2).

Madonna del Santuario de la Mentorella

Madonna del Santuario de la Mentorella

“El 1 de agosto de 2003 quiso ir de romería a la Virgen del Buen Consejo: comentó que había muchas cosas por las que pedir. Ya en esos momentos caminaba con alguna dificultad. Al llegar, rezamos el rosario y estuvo todo el tiempo de rodillas; la verdad es que daba mucho que pensar: su Amor superaba el cansancio”(3).

Otro santuario que le atraía epecialmente era el de la Virgen de Fátima, a las afueras de Roma.“A lo largo del año 2003 fue varias veces. Yo le acompañé tres veces, la última el 11 de octubre, en que ya se encontraba muy mal; pero ese día tenía especial interés en hacer una romería por ser aniversario de una aprobación de la Obra, el nihil obstat. Caminaba con dificultad en esos momentos, hicimos algunas fotografías”(4).

Santuario Virgen de Fátima- Roma

Santuario Virgen de Fátima- Roma

Noticias relacionas

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1 Recuerdos de Isabel García Martín

2 Recuerdos de Lolita Baña Priegue

3 Recuerdos de Manuela Brao Ares

4 Recuerdos de Lolita Baña Priegue





Dora: el fallecimiento de sus padres

18 04 2012

A continuación publicamos algunos textos extraídos del libro “Una Luz encendida” de Javier Medina Bayo, donde se narra cómo recibió y reaccionó Dora ante la noticia del fallecimiento de sus padres. 

El 30 de marzo de 1948 falleció el padre de Dora.(…) San Josemaría dio la noticia a todas sus hijas y rezó con ellas un responso por el eterno descanso del alma de Demetrio; e indicó a Dora que, si quería, se acostara pronto sin  preocuparase de la cena ni del trabajo pendiente. “Dora, como era muy fuerte, rezó mucho, pero siguió el ritmo de trabajo normal” .

Dora y Encarnita Ortega en Roma

Dora y Encarnita Ortega en Roma

Al día siguiente, celebraron la Misa por el alma de su padre, primero San Josemaría, y luego don Álvaro del Portillo, y eso la consoló muchísimo.

No había transcurrido un mes, y el 28 de abril murió su madre. Esta vez, cuando llegó la noticia, Carmen, la hermana de san Josemaría, se encontraba en Roma: dio a Dora un abrazo grandísimo y le dijo palabras de consuelo. Le tenía mucho cariño desde que la conoció en Madrid. El Padre y don Álvaro ofrecieron la Misa por el alma de su madre. “Desde entonces, Dora tomó aún más conciencia de que san Josemaría era padre y madre, y empezó a agradecer a Dios con más frecuencia el espíritu de familia de la Obra” .

No pudo viajar para el funeral de sus padres, porque en aquellos momentos de post-guerra las comunicaciones eran mucho peores que las actuales. Dora ofreció la pena de no poder acompañar físicamente a sus hermanos en ese doloroso trance. Les escribía con frecuencia y rezó intensamente por todos ellos.





23 de Marzo: recuerdos en torno a don Álvaro

22 03 2012

El próximo 23 de marzo se cumplen 18 años del fallecimiento de Don Álvaro del Portillo , primer sucesor de san Josemaría Escrivá. A  continuación, destacamos algunos textos extraídos de “Una luz encendida” sobre los recuerdos de Don Álvaro en la vida de Dora:

Mons. Álvaro del Portillo

Mons. Álvaro del Portillo

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La Vocación de Dora, 14 de Marzo de 1946

14 03 2012
Bilbao

Bilbao

En 1945, el Fundador del  Opus Dei embarcó a sus hijas en un nuevo proyecto, una nueva “locura”: administrar otra residencia de estudiantes –esta vez, en Bilbao-, que empezaría en septiembre de ese año. Había que formar un equipo para la adiministración, y Encarnita y Nisa enseguida pensaron en Dora: ¿quién mejor que ella para asegurar que la iniciativa partiese con buen pie? (….)

Así que, durante el verano, cuando Dora se encontraba en casa de sus padres para pasar las vacaciones, Nisa le escribió para hacerle la propuesta. Contaba que su padre le entregó la carta sin abrir, porque iba dirigida a ella, aunque comentó: “-Seguro que te llaman para que vayas a esa residencia”. Dora, al leer que la esperaban en Bilbao, aseguró: “-Yo a esa casa no voy a ir”. Entonces, su padre le contestó: “-¿Cómo que no vas a ir? Tú has dado tu palabra de que ibas a ir. (…) Así que tú vas y, si no  te gusta, te vuelves”(1). Justo al revés de lo que había sucedido cuando le anunció su proyecto de marchar a Alemania. Por eso, después, Dora afirmaba: – Yo le debo, especialmente a mi padre, ser de la Obra (2).

Dora y Encarnita Ortega

Dora y Encarnita Ortega

Y se fue a Bilbao. Se trasladó también otra empleada de La Moncloa: Concha Andrés. La situación de la Residencia era semejante a la que se habían encontrado en enero de 1944 en Madrid: la casa sin terminar, la cocina no funcionaba bien, debían hacer la colada en los cuartos de baño… Allí, “Dora del Hoyo hacía de todo: cocinaba junto a Concha Andrés –sobre todo cuando la cocinera se enfadaba por el menú indicado y no quería guisar-, hacían la limpieza, planchaban. Mantenían los suelos de madera limpios y brilantes a base de darles cera” (3).

Pero estaban felices. El 6 de enero recibió un regalo de reyes que le llenó de contento: un ejemplar de Camino, el primer libro de san Josemaría que se había publicado. Ella misma explicó qué singnficado tuvo en su vida espiritual: “Camino me entusiamaba, y muchas veces nos hacían la lectura con un trocito del libro. Con cada cosa que oía pensaba: esto es para mí. Me gustó muchísimo y lo leí de un tirón: no me dormí hasta que lo terminé. Al día siguiente, (Nisa González Guzmán, que era la directora) me preguntó: -¿Le gustó Camino? Le contesté que muchísimo, que cuando lo empecé no lo pude dejar hasta terminarlo, porque era muy bonito.

Nisa González Guzmán

Nisa González Guzmán

Dora empezó a sentir en su alma que Dios quería algo más de ella; que le pedía el corazón por entero. Tenía 31 años, cerca de los 32. Explicó a sus padres que pensaba entregar su vida a Dios en celibato, para buscar la santidad en su trabajo ordinario, en medio del mundo; que viviría con las demás mujeres de la Obra y que, aunque estuviera físicamente separada de ellos, les escribiría con mucha frecuencia.

De nuevo fue su padre quien le aconsejó con prudencia y claridad. Le comentó que ella era mayor de edad y que, por lo tanto, podía tomar libremente la decisión que considerase más oportuna; pero que tenía que pensarlo bien porque, si se decidía a darse a Dios del todo, era para siempre: no podía después abandonar su camino.

El 14 de marzo de 1946 solicitó la admisión enel Opus Dei; el 17, lo hizo Concha Andrés. Ellas fueron las dos primeras numerarias auxiliares en el mundo, con preparación y dedicación profesional de empleadas del hogar.

San Josemaría recibió las peticiones en la fiesta de San José, y comentó que “habían sido el mejor regalo de todos los días de su santo” (4).

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Tomado de “Una luz encendida” Medina Bayo, Javier, Ediciones Palabra, 2011 pag. 40.

1  Dora del Hoyo, Entrevista, septiembre 2001.

2  Recuerdos de Rosalía López Martínez.

3  Sastre, A., “De los Picos de Europa a la Eterna Ciudad del Tíber. Apuntes para una reseña biográfica de Dora del   Hoyo”, en  Studia et Documenta, Rivista dell’Istituto Storico San Josemaría Escrivá, 5 (2011), p. 270.

4  Vásquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei II, p.592.





14 de Febrero

13 02 2012

“El 14 de febrero de 1930, celebraba yo la Misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle, cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás. (san Josemaría)

Ese 14 de febrero san Josemaría  aprendió intelectualmente, y con detalle, lo concerniente a las mujeres: algo que ya estaba implícito en la visión general del 2 de octubre.” (1)

Residencia La Moncloa

La Moncloa

Años más tarde, en 1943, el  número de mujeres de la Obra era aún exiguo. Para la administración de la Residencia de La Moncloa, que albergaría a unos cien estudiantes universitarios, el Fundador del Opus Dei solo podía contar con tres jóvenes numerarias –tenían poco más de 20 años-, con poca experiencia en esos menesteres. Además, España se encontraba en medio de una escasez material de todo orden: desde alimentos a combustible, por no hablar de los electrodomésticos. A todo esto, había que sumar la falta de dinero. Pero se lanzaron a la aventura, invitadas y alentadas por san Josemaría, confiando en la providencia de Dios.Los comienzos fueron muy duros (…).

Ante esa situación, san Josemaría acudió a las religiosas del servicio Doméstico, en demanda de ayuda. Expuso el caso a la madre Carmen Barrasa, que prometió enviar, cuanto antes, a alguna persona con las debidas condiciones: precisamente acababa de enterarse de que Dora, empleada en casa de los Duques de Nájera, estaba libre por esos días (…).La religiosa habló con Dora, y tanto le insistió que, aunque no llegó a convencerla para que aceptase el empleo de modo permanente, consiguió al menos que fuese por una corta temporada a la Residencia, aunque las condiciones económicas que le ofrecían eran peores a las que estaba acostumbrada. Así que, con un par de maletas y un buen vestido, se presentó en La Moncloa.

En cuanto llegó y recorrió la zona de la administración, se dio cuenta, sin necesidad de explicaciones, del abundante trabajo y de la escasez de mano de obra que allí reinaban (…).

Por eso, decidió que permanecería en aquel empleo solo una semana, por consideración y aprecio a aquella religiosa del Servicio Doméstico que le había pedido el favor de aceptarlo (…).

La verdad es que Dora era un regalo de Dios para la Residencia. Encarnita Ortega, que era una de las directoras de la administración, señalaba que tenía “un corazón de oro y trabajaba divinamente: dominaba la plancha, la tintorería, la costura; limpiaba con extraordinaria perfección; servía la mesa sin el menor fallo; sabía mucho de cocina. Y además su comportamiento era respetuoso, natural, y sabía enseñar a las otras chicas con autoridad pero unida a una gran delicadeza. Es verdad que tenía un carácter fuerte, pero también luchaba por dominarse ”.

Encarnita Ortega

Encarnita Ortega

Muy pronto, Dora sugirió algunas mejoras en los servicios (…)  Cada vez se encariñó más con las mujeres del Opus Dei y con la casa, hasta que, al acabo de un mes de dudas, se decidió por fin a deshacer las maletas y permanecer en la Residencia hasta que terminara el curso académico, en junio. ¿Qué le movió a actuar así? Sabemos que era una mujer emprendedora y que en aquella época tenía el proyecto de abrir en Madrid una casa de huéspedes, con su hermana Isabel, gracias a los ahorros que había adquirido.
Dora del Hoyo

Dora del Hoyo

Por eso, la pregunta ¿qué fue, en realidad, lo que la retuvo en La Moncloa? sólo admite una respuesta: su gran corazón. Su carácter magnánimo le llevó a emplearse “a fondo, con gran generosidad de tiempo y con la creciente convicción de que aquella labor era algo muy de Dios y que ella tenía que ayudar: su trabajo profesional era imprescindible allí.

Además, en esta decisión, influyeron también considerablemente otros dos factores. El primero, la generosidad que veía en la mujeres del Opus Dei que dirigían la administración del Colegio Mayor. Años más tarde, Dora afirmó que le conmovía “ver lo duro que trabajaban las numerarias”, y que “muchas veces no se acostaban y trabajaban toda la noche”. Esa generosidad le conquistó, porque le ofrecía una imagen cabal y, por eso, atractiva, de la vocación cristiana.

El segundo gran motivo que le movió a quedarse fue que conoció al Fundador del Opus Dei. (2)

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1 Vázques de Prada, A., El Fundador del Opus Dei I, Ediciones Rialp, 1997 p. 323

2 Medina Bayo, J., Una luz encendida, Ediciones Palabra, 2011 p. 33-38





Libros que ayudaron a Dora

1 02 2012

A lo largo de su vida, Dora alimentó su fe y su trato con Dios con el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y la lectura de libros clásicos de espiritualidad, y desde 1944 meditó asiduamente los escritos de san Josemaría.

En su infancia aprendió, como todos los niños de entonces en España, el Catecismo escrito por el Padre Astete, S.J., que recogía también oraciones y actos de fe, esperanza y caridad que Dora repitió hasta el final de sus días. Cuando se publicó el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, en 1992, Dora lo leyó completo y cada año repasaba algunos capítulos, porque esos textos también le servían para sus ratos de oración.

Dora y su hermana en Madrid 1945

Dora y su hermana en Madrid 1945

En 1944, cuando Dora llegó a la Residencia universitaria La Moncloa para trabajar, comenzó a leer y a hablar con Dios sirviéndose de las consideraciones de Camino. La Sierva de Dios Encarnita Ortega y Nisa Guzmán, que también trabajaban en la administración doméstica, procuraban enseñarles lo que vivían: ofrecer su trabajo a Dios y tener un trato personal con Él. En 1946, le regalaron a Dora un ejemplar de este libro y se lo leyó de un tirón.

Movida por el afán de imitar la vida de Jesucristo, desde entonces Dora dedicó cada día al menos unos minutos a la meditación de algún pasaje del Nuevo Testamento.

Más de una vez, le ayudaron para su oración las reflexiones de clásicos de espiritualidad como La Pasión del Señor de Luis de Palma; El decenario del Espíritu Santo de Francisca Javiera del Valle; Vida y obras de Santa Teresa de Jesús; o Historia de un alma, de Santa Teresita de Lisieux.

Santo Rosario, escrito por san Josemaría en 1931, le ayudó a adentrarse en las escenas del Evangelio, contemplándolas de la mano de la Virgen.

Desde que se publicó el texto del Via Crucis de san Josemaría, Dora hacía la oración con él todos los viernes, siguiendo la costumbre que ya tenía de meditar los pasos de la Pasión del Señor ese día de la semana.

A través de Conversaciones con Monseñor Escrivá profundizó en algunos temas como la función de la mujer en la sociedad, la libertad y la pluralidad en la Iglesia, abordados por el fundador del Opus Dei en entrevistas con periodistas.

Y cuando salieron publicadas obras póstumas de san Josemaría (Surco, Forja, Amigos de Dios y Es Cristo que pasa), donde se recogían lo que muchas veces Dora había oído directamente de labios del Fundador del Opus Dei, las tomó como la fuente principal donde alimentar su trato con Dios y su afán de santificarse en su trabajo, santificar su trabajo y su vida cotidiana y a ayudar a los demás con su trabajo.





16 de Enero de 1914

16 01 2012

Salvadora Honorata del Hoyo Alonso (Dora) nació el domingo 11 de enero de 1914, en Boca de Huérgano (provincia de León – España). Era la quinta del matrimonio formado por Demetrio del Hoyo y Carmen Alonso.

Vista exterior Parroquia San Vicente Mártir

Vista exterior Parroquia San Vicente Mártir

Sus hermanos se llamaron: Alonso, Palmira, Nieves, Isabel y Dimas.

Recibió el Bautismo a los cinco días de ver la luz, el 16 de enero, en la parroquia de San Vicente, siendo su padrino Ramiro Alonso y Alonso (1).

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(1) Cfr. Libro parroquial (1914), Parroquia de San Vicente Mártir (Boca de Huérgano, León), fol. 37.

(Tomado del libro “Una luz encendida, Cap. I Ed. Palabra- Javier Medina Bayo)





Aniversario del Fallecimiento de Dora

7 01 2012
Reproducimos fragmentos del artículo de Ana Sastre “De los Picos de Europa a la Ciudad del Tíber” (1) , en el que  se describe el lugar donde reposan los restos de Dora.

     El día 10 de enero de 2004, a las cuatro y ocho minutos de la madrugada, fallecía en Albarosa (2), centro del Opus Dei situado en via di Grottarossa –junto a la via Flaminia Nuova, a pocos kilómetros del centro de Roma– una mujer, llamada Salvadora del Hoyo, a la que apenas faltaban veinticuatro horas para cumplir los noventa años de edad. Habría podido morir en el anonimato, que nunca eludió en su larga vida de trabajo, pero no es fácil guardar silencio cuando se aprecia el valor de su vida de servicio.

      Esta mujer reposa definitivamente en Santa María de la Paz, iglesia prelaticia del Opus Dei en Roma, donde se encuentran y veneran los restos del fundador, san Josemaría Escrivá de Balaguer, y de su primer sucesor, mons. Álvaro del Portillo (3). Allí, la presencia de algunos nichos –cubiertos por lápidas y todavía vacíos–, se explica en una inscripción que indica que serán enterradas personas del Opus Dei, de diversos países y condiciones, sin que este hecho suponga un privilegio especial.

      Encontrar los restos mortales de Salvadora del Hoyo –llamada habitualmente Dora– ocupando un lugar en este espacio representativo, muestra la trascendencia que el fundador dio siempre al trabajo de administración doméstica y al cuidado de los centros de la Obra. Esta dedicación, que, si no en exclusiva, sí con prioridad, ejercen las numerarias auxiliares, ha sido calificado repetidamente por su fundador como esencial en la Obra. De esta tarea se ocupan algunas numerarias y las numerarias auxiliares que, como los demás fieles del Opus Dei, por vocación divina están llamadas a santificar su trabajo profesional ordinario. San Josemaría subrayó muchas veces que este quehacer es el apostolado de los apostolados, la espina dorsal de toda la acción apostólica del Opus Dei, y que resulta de capital importancia para el clima de hogar cristiano que debe caracterizar los centros de la Obra, según el espíritu fundacional (4).  (…)

            Los restos mortales de Salvadora del Hoyo fueron introducidos en el féretro por numerarias auxiliares de todo el mundo: Ria van der Oever, de Holanda; Marcelina Orduña Arredondo, de México; Rose Anne Waithira Karobia, de Kenia; Felicity Simpson, de Australia; y Vilma Tibi Sayson, de Filipinas. El cuerpo fue trasladado a Santa María de la Paz, en la sede central del Opus Dei en Roma. A las tres y media del día 11 de enero se cerró definitivamente el féretro, para ser depositado en un lateral de la cripta, junto a la tumba de Álvaro del Portillo y bajo el altar donde reposan los restos de san Josemaría Escrivá de Balaguer(5).

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1 Sastre Gallego, Ana, “De los Picos de Europa a la Ciudad del Tíber. Apuntes para una reseña biográfica de Dora del Hoyo”, Studia et Documenta: Rivista dell’Istituto Storico san Josemaría Escrivá, vol. V, núm. 5 (2011), pp. 261-284 . Para leer el artículo completo : Reseña biográfica de Dora del Hoyo

2 Desde 1974 Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, centro de formación y seminario internacional de la Prelatura del Opus Dei en Roma, se encuentra en las proximidades de la Ciudad Eterna. En locales anejos independientes, se ubica otro centro, denominado Albarosa, desde donde mujeres del Opus Dei atienden la administración doméstica de Cavabianca.

3 La tumba del fundador se encuentra bajo el altar de dicha iglesia, en viale Bruno Buozzi, 75. En la cripta de la iglesia está enterrado Álvaro del Portillo, y en una sottocripta se encuentra la sepultura de Carmen Escrivá de Balaguer, hermana del fundador, que –sin ser del Opus Dei– dedicó gran parte de su vida a la atención doméstica de centros de la Prelatura.

4 Cfr. El trabajo de la Administración, Roma 1993, AGP (Archivo General de la Prelatura), P19; Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. II, Madrid, Rialp, 20022, pp. 578-588.

5 Cfr. «Noticias», 2004, p. 50, AGP, P02.





La última Navidad

30 12 2011

Publicamos el último capítulo de Una luz encendida, el primer libro sobre Dora escrito por Javier Medina. 

Descarga el archivo en pdf, pincha aquí .

Cuando llegó el mes de diciembre, la salud de Dora seguía empeorando. Las de Albarosa eran conscientes de que se acercaba el momento final de su vida sobre esta tierra –su estado era de agotamiento completo–, y quisieron poner los medios para que sus últimas Navidades fueran muy felices.

En la víspera de Nochebuena la llevaron –con la silla de ruedas– al local donde se estaban preparando los adornos, antes de que se distribuyeran por la casa. No podía hablar, pero con la mirada lo decía todo. También la acercaron al office y allí le mostraron una tarta que le gustó y, en broma, hizo ademán de querer probarla. Las cocineras le enseñaron el pavo que estaban asando para la cena del 24.

Estaba muy contenta viendo a todas con tanto cariño y tanta ilusión por su trabajo. Por último, entró en el oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles y recorrió con la mirada el sagrario, el altar, el retablo…; parecía dibujarse en su cara la admiración por la maravilla que San Josemaría había realizado en aquellas casas (1). “Pienso que muchas nos emocionamos, se nos salieron las lágrimas”(2), ha dejado escrito una de las que le acompañaron en aquella ocasión.

El 27 de diciembre, que era el último sábado del 2003, asistió desde la silla de ruedas a la bendición con el Santísimo y al canto de la Salve Regina. El 28, que se celebraba la fiesta de la Sagrada Familia, pudo presenciar la bendición y Consagración de las familias de los fieles de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret.

Terminó el año muy débil: la respiración era muy fatigada y prácticamente no podía hablar ni abrir los ojos. Estaba siempre acompañada, aunque ya casi no daba muestras de reconocer a nadie. Uno de esos días, fue Rosalía López a verla. El momento era particularmente emotivo para las dos. Cuenta Rosalía que “me impresionó mucho encontrarla así, pero me sobrepuse. Mencioné que le faltaban pocos días para cumplir los noventa años. En mi interior pensé cuántas veces nos había dicho que ella no quería celebrar sus noventa años. Y, ante su silencio, comencé a recordarle momentos entrañables con nuestro Padre y don Álvaro, cuánto habíamos rezado por que vinieran muchas vocaciones a la Obra y por la fidelidad de todos… Y le decía que aunque ya estábamos mayores y habíamos vivido años de mucha pobreza y sufrimiento, habíamos tenido tanta suerte de ser del Opus Dei y numerarias auxiliares que… Dora, que nos quiten lo bailado. En ese momento abrió los ojos, me miró con gesto de confirmación alegre, y volvió a cerrarlos. Fue nuestra despedida”(3).

Dora del Hoyo, Encarnita Ortega y Rosalía Lopez

Dora del Hoyo, Encarnita Ortega y Rosalía Lopez

El 4 de enero, Mons. Echevarría acudió una vez más. Por la tarde, comentó en un centro de la Obra: “–Se nota que estamos empezando el final. Ahora es más útil que antes. Ya no responde siquiera abriendo los ojos. Da alegría comprobar que la atienden con mucho cariño. Vamos a procurar acompañarla desde donde estemos, y cuando el Señor la llame a su presencia, le daremos las gracias por todo lo que ha hecho por la Obra: también en este momento la está sacando adelante estupendamente bien”(4). Además, indicó que se le administrara de nuevo la Unción de los enfermos.

Las de su casa, encontraban modos continuos de manifestar el cariño y la veneración que la tenían. Eva Berna recuerda que el día 6 estuvo con “Dora y Lolita un rato a la hora de la comida; Lolita tenía mucho interés en que le arregláramos las uñas, así que después de comer se las estuvimos limando, porque las tenía un poco largas; fue la última vez que se las arreglamos; ella siempre tuvo las manos muy bien cuidadas.

“El día 9 de enero, por la mañana fui a felicitarla porque era el día del cumpleaños de San Josemaría y –como otras mañanas–, le di un beso en la frente. Ya estaba muy mal, con oxígeno, que se lo ponían a ratos para facilitarle la respiración. Tuvimos tertulia con Mons. Echevarría y Lolita se quedó con ella. Nada más volver, subí a transmitirle la tertulia. En ese momento estaba sin oxígeno. Le conté lo que el Padre nos había contado: que esa mañana había estado con el Santo Padre y que se había interesado mucho por la Obra, que le había contado muchas cosas buenas para darle alegrías y que nos mandaba su bendición para cada una de sus hijas y de sus hijos y nos pedía que rezásemos por él. También le comenté que había visto a Rosalía y que me había preguntado por ella y me había dicho que quería venir a felicitarle el día 11 (…) .

“Después, Lolita quería darle la merienda y le ayudé a incorporarla. Le empezó a dar la leche con cacao que le gustaba mucho, pero tuvimos dificultad en dársela, porque le costaba bastante tragar”(5).

Dora del Hoyo y Lolita Bañá

Dora del Hoyo y Lolita Bañá

Esa noche, que se preveía que podía ser la última aquí en la tierra, todas las que vivían con ella en Albarosa pasaron, una por una, a despedirse de Dora, convencidas de su santidad y de que en pocas horas estaría gozando de la visión de Dios. Irradiaba tal paz que durante esa noche le cantaron canciones de “amor humano a lo divino”, como gustaba explicar a San Josemaría. Después, recitaron partes del Rosario, oraciones al Ángel de la guarda, a San José, a San Josemaría; acudieron a la intercesión de don Álvaro; también rezaron la Salve Regina y plegarias al Sagrado Corazón.

Se iba apagando como una lamparilla del Sagrario, y falleció unos minutos después de las cuatro de la madrugada. Era sábado, día dedicado a la Virgen, víspera de su 90º cumpleaños: el Señor le concedió el deseo de no celebrarlo en la tierra.

Mons. Echevarría llegó a las seis y media de la mañana. Se dirigió enseguida al oratorio de Santa María Reina, donde estaban velando el cadáver, y se arrodilló junto a Dora. Al pie de cada candelero, había floreros con rosas color té y rosado, violaciocca blanca y alstroemeria naranja claro, muy elegantes, como le gustaban a ella. Celebró la Santa Misa, a la que asistieron todas las de Albarosa.

Se decidió que esa tarde se trasladaría el cuerpo a la iglesia de Santa María de la Paz, para que lo pudieran velar todas las personas que lo deseasen, y que allí también se celebraría la  Misa de exequias, el día siguiente, a las cuatro de la tarde. Mons. Echevarría decidió que Dora fuese enterrada en la Cripta de la iglesia prelaticia del Opus Dei, muy cerca de San Josemaría y de don Álvaro.

Cuando se dispuso el ataúd en la nave de Santa María de la Paz, Mons. Echevarría colocó una orquídea amarilla junto a las manos de Dora. Luego, se dirigió a la sacristía a revestirse los ornamentos litúrgicos para oficiar un Responso solemne. Las naves y el coro de la iglesia prelaticia del Opus Dei estaban repletos. Aunque la emoción era intensa, el canto gregoriano se elevó con voz firme. Al terminar, se colocaron cuatro candeleros y unos floreros de plata con rosas. A continuación, se celebraron Misas ininterrumpidamente, durante varias horas. Muchas personas pasaron para besar a Dora: era un modo de darle las gracias.

El domingo 11 de enero fue un día espléndido de sol, y lleno de acciones de gracias por la vida fecunda, sencilla, heroica de Dora. La Misa de exequias comenzó a las cuatro de la tarde. Para que todas las de Albarosa pudieran asistir, las de otro centro de Roma se ofrecieron para cuidar la casa esa tarde. El Prelado del Opus Dei pronunció la homilía:

“Queridísimas hijas: ayer fue un día de pena por la separación física, pero, al mismo tiempo, de una inmensa alegría, lo mismo que hoy. Se ha cumplido lo que hemos leído en la primera lectura: Dora ha escrito su nombre en el libro de la vida eterna. Se ha salido con la suya: no quería celebrar los noventa años… En el Cielo los está festejando con nuestra compañía (…).

“Cincuenta y siete años de fidelidad. Cincuenta y siete años de mucha eficacia. Primero la búsqueda de Dios, y luego la respuesta generosa de parte de Dora. Todos conocemos el cambio que se operó en su vida. Llegó a ponerse en contacto con la Obra por lo que la gente podría considerar una casualidad: su trabajo profesional. Y en su cabeza estaba este pensamiento: me quedo aquí por un poco de tiempo, para ayudar. Y se ha quedado tanto tiempo, gracias a Dios. Gracias a ese juego del Señor, que tomó la palabra de su voluntad de ayudar, para convertirla en una hija suya fidelísima del Opus Dei (…).

“¡Qué bien lo ha hecho! Por su manera alegre, disponible, total, han salido adelante todos los apostolados, que eran un sueño en el año en que se acercó al Opus Dei, 1946. (…) Ha abierto camino, siendo la primogénita de las numerarias auxiliares. Pero estoy seguro de que ahora mismo, en el Cielo, con la misma naturalidad con que actuaba aquí en la tierra, nos está diciendo: – No creas que yo he sido nada especial, tú tienes el mismo trabajo que yo; tú eres esa pieza estupenda del mosaico, que tiene que estar constantemente dando luz, mostrando la grandeza de Dios a través del camino del Opus Dei”.

Al terminar el Santo Sacrificio, Mons. Echevarría entonó un Responso. Recogieron el ataúd seis sacerdotes y lo llevaron en procesión hacia la Cripta. El entierro fue muy sencillo: se colocó el féretro directamente en el nicho, que ocupa el espacio central del grupo de sepulcros de la pared de la izquierda, cerca de la entrada; y se colocó la lápida, que llevaba el nombre “Dora” inscrito en el centro, con letras doradas, junto con las fechas de su nacimiento y de su muerte.

El lunes 12 de enero, a las diez de la mañana, fue el funeral en la basílica de San Eugenio. La iglesia estaba llena de gente. Todas esas personas, y otras muchas en el mundo entero, estaban convencidas de que la historia de Dora no había terminado: solamente se había cerrado el capítulo terreno. Comenzaba su “nuevo trabajo”, desde el Cielo.

En efecto, muy pronto comenzaron a llegar a la sede central del Opus Dei atestados de su fama de santidad y de favores obtenidos a través de su intercesión, como los recogidos en el Prólogo de este libro. Entre tantos testimonios, podemos cerrar estas páginas, con unos párrafos de la “carta que escribió a Dora” al saber su muerte, una persona que vivió con ella 32 años:

Cuando recibimos la noticia de tu marcha al cielo me quedé sin saber qué decir, me costó, me había hecho la ilusión de verte en abril que, si Dios quiere, iré a Roma. (…) Pero Dios tenía otros planes. Ahora te siento más cerca, te hablo sin necesidad de cartas y tú me oyes. También te había escrito para tu cumpleaños, no sé si la llegaste a leer, pero ya la has leído. ¡Qué bien lo habrás celebrado en el cielo!

 “Ahora que no me puedes decir nada, quiero darte las gracias. Ya sé que a ti no te gustaba, veo la cara que ponías si alguna vez lo hacíamos.

 “Sí, Dora, gracias por tu fidelidad a Dios y a la Obra, gracias por tu entrega generosa, por tu saber estar siempre en tu sitio, por tu disponibilidad sin condiciones, por tu cariño fuerte y suave a la vez, por lo que me has enseñado, por tu piedad, por lo bien que has llevado tu enfermedad dándote siempre a las demás. Gracias también porque por tu correspondencia a la gracia de Dios y a tu vocación has hecho posible que mujeres de los cinco continentes, de diversas culturas y profesiones, hayan pedido la admisión en el Opus Dei”(6).

1 Cfr. recuerdos de Lolita Baña Priegue

2 Recuerdos de Olga Chacah Sanic, Roma, 9-XI-2008 (AGP, DHA, T-1029).

3 Recuerdos de Rosalía López Martínez, cit.

4 Mons. Javier Echevarría, palabras pronunciadas en una reunión familiar,

4-I-2004.

5 Recuerdos de Eva Berna Lajusticia, cit.

6 Recuerdos de María Concepción del Moral, cit.

 





6 de Octubre de 2002

6 10 2011

Canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer 
¿Cómo vivió Dora esta fecha?

Dora del Hoyo

Dora del Hoyo

La víspera de la Canonización de san Josemaría Escrivá, Dora se fracturó un dedo del pie bajando del coche que la llevaba a un encuentro con un familiar que estaba de visita por Roma.
Venía, desde bastante tiempo atrás, preparándose para esta fecha con mucha ilusión y agradecida a Dios. En ese momento, supo llevar esta molestia con sentido sobrenatural y optimismo.
La mañana del 6 de Octubre, se colocó delante de la televisión para seguir la ceremonia con mucha atención y alegría.

Canonización de Josemaría Escrivá

Canonización de Josemaría Escrivá